sábado, 28 de septiembre de 2013

Y el presente, se volvió futuro.

Salía de casa cada mañana, o tal vez algunas, pero; la distancia, la distancia que pone el tiempo hace que lo ocasional y maravilloso vuelva en el recuerdo, en la extraña paradoja de algo habitual, al tiempo  que extraordinario. Entonces, cada mañana (o algunas) al salir de casa me iba derechito al campito; el pasillo de casa era largo, larguísimo mirado desde mi escaso metro de estatura, y en el camino hasta la puerta, llegaba el grito desde adentro;

 - “Ojo al cruzar, y si se va la pelota a la Avenida, que la busquen los mas grandes”, era lo último audible de la frase antes del golpe de la puerta al cerrar.

La Avenida, era la General Paz, “la gene”; y los mas grandes, los que tenían que ir en lugar mío a buscar la pelota si se iba a la avenida, debían tener como 5 o 6 años, igual había otros mas grandes todavía.

200 metros y llegaba, pero había que ir corriendo para llegar mas rápido; había que llegar lo antes posible al campito, ahí estaba todo. Los Amigos.

En el campito estaba seguro, estaba confiado, no me podía pasar nada, estaban los amigos. ¿Qué podía pasar? Nada.

En el campito se podía hacer todo, no había nada que no se pudiese hacer, jugamos a la pelota, y éramos jugadores de la primera de Boca, o de la selección. No retorcíamos en una pirueta en el aire y caíamos de espalda en la tierra, pero resultaba ser la mejor “chilena” que se había visto en la historia; hacíamos goles de “palomita”, en ese intento de cabecear en el aire cuando en realidad estábamos en el suelo y a la pelota le pegábamos con la nariz; pero a la noche, cuando no acordábamos de esa jugada, el recuerdo era como flotando en el aire, suspendidos en el tiempo y dándole a la pelota con todo el parietal derecho de lleno. Nunca nadie había hecho algo así. ¡Qué Golazo!

Pasó el tiempo, lentamente rápido, y la seguridad y la confianza se trasladaron a otras cosas, de repente éramos grandes; grandes pibes que, en un país que recuperaba la esperanza, teníamos la responsabilidad de ser pibes grandes; los amigos se transformaron en compañeros y la seguridad y confianza en uno, se transformó en solidaridad. Una palabra nueva.

Duró poco, lloramos mucho, perdimos demasiado.

Seguimos como pudimos, pero todo el tiempo parecía que no podíamos seguir.

La alegría era una palabra para el uso individual, o mejor dicho uso compartido pero de carácter privado, de la vida de uno y la de los afectos; pero alegría colectiva;  sólo de a ratos; en esos 30 años que parecían que marcaban la forma de lo que iba ser siempre así.


Y un día el presente, tomó dimensión de futuro. 

Hermoso.

2 comentarios:

  1. Y sí. Un día volvió la alegría pero muchos no se permiten creer en ella, sentimiento de culpa heredado de vaya a saber quienes. Idiosincracia del desánimo y del nunca podremos. Exitismo y fatalismo a la vez. Misterios de los argentinos.

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  2. Gracias Silvia, tener un "otro" que se interese en opinar es una forma de reafirmar "uno" que, la idiosincrasia, así como es una conducta adquirida, se puede transformar, y el nunca podremos se va transformando en "vamos pudiendo", o "vamos intentando poder". Y como vos bien sabes, no es fácil, pero se puede, y entre el poder y no poder lo único que media es la consciencia de cada uno, que hace mover la voluntad y dedicarle a la transformación, un poquito de lo que tenemos, tiempo, alegría, algún conocimiento, amor, contención a quien la necesita y "lo que pinte" como dicen los chicos. Lo raro, lo que parece paradójico pero no lo es; es que ofreciendo lo que tenemos, nos transformamos a nosotros mismos, y, esa sensación, también vos los sabés, es difícil de explicar, hay que experimentarla.

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