Nada tan apaciguador de mi espíritu como el suave tintineo del correr del agua, en un entorno que, por demás demuestra la exuberancia de la naturaleza; sonidos, colores, olores, brillos y sombras.
Deslizarse con suavidad, como un elemento mas de la naturaleza, dejando que ella disponga del rumbo y el destino, es un placer adicional.
Después de un tiempo; imposible determinar cuanto, el entorno parece inmutable en la extraña paradoja de no repetirse nunca.
Sigo mi viaje; en una sucesión de imágenes únicas, una película que sería envidia del mejor director, una sola toma para cada situación. Sigo mi viaje. Solo.
¿Sólo?
Los pájaros abundan, y mas abundante aún es su regalo sonoro, colaborando el viento al acariciar las ramas de las casuarinas, algún pez que de tanto en tanto se oxigena en una breve excursión a otro medio, el ladrido lejano de un perro, gozando en una casa mas lejana aún; de esta película mía de la que no tiene conciencia.
El sol declina, señalando inexorablemente que la tarde es ahora anfitriona, directora de iluminación y administradora del tiempo.
La costumbre, los hábitos, dicen: -hay que regresar-, cuando todo mi ser quiere seguir continuando, continuar siguiendo; es que no quiere volver.
Clavo el remo a estribor, la canoa vira, desando la película y regreso hacia el principio.
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